22 jul. 2010

Con otro, la muy yegua

Finalmente se caso. No conmigo, claro está. Ni siquiera se casó con aquel novio que tenía cuando yo le pedía que se quede conmigo. Para refrescar la memoria de algunos: ella era mi compañera de trabajo -chilena, para más datos-; linda, dulce, simpática... al menos así la veía yo. Me enganché con ella casi al mismo tiempo que la conocí. Le cebaba mate, le hablaba en porteño, le cantaba canciones de Los Redondos al oído, hice todo lo posible para conquistarla...

Pero ella tenía novio. Llegué a confundirla, a hacerla dudar; más lejos no llegué.

Finalmente se volvió a Chile, y después vino a Buenos Aires. Y se fue de nuevo, y de nuevo volvió. Y siempre intenté. Hasta se lo pedí: 'Quedate conmigo'. Le ofrecí todo lo que tenía y le prometí lo que no podía cumplir. Pero ella tenía novio, me decía (y dale con el novio). Ella quería volverse a su casa, a su país, con sus amigos y su familia. Me decía que yo le gustaba, que le encantaba mi tono de voz, que la ponía nerviosa cuando la miraba y que pensaba en mí. Pero se quería ir, y se fue.

Hace poco me enteré que se casó. Y no se casó con aquel novio que era motivo suficiente para no quedarse conmigo. No. Se casó con otro, la muy yegua. Parece, me contaron, que lo conoció en un casamiento -curiosamente-; que se enamoraron, que por él si dejó a su novio, que se comprometieron a los pocos meses...


Yo tenía pensado (perdido por perdido) en emular a la película El Graduado. Quería irrumpir en la iglesia, en una moto quizá, y gritar enloquecido a los cuatro vientos '¡No, no te cases con él, escapate conmigo!'... Dejar boquiabiertos a los familiares, al cura, a los amigos... Lo más probable es que, si hacía eso, ella me diga nuevamente 'no', como lo hizo mil veces.

Pero no hizo falta intentar arruinar la fiesta. Ella se casó el pasado 27 de febrero, el día del terremoto trasandino. Algunos dicen que el temblor fue mi maldición; otros que si ella se hubiera quedado conmigo no había movimiento telúrico alguno. Dicen que fue el destino, que tanta mala onda le tiré a su casamiento que no podía terminar de otra manera. Con medio país en ruinas. Ojo por ojo, ruina por ruina.

10 mar. 2009

De amargo, se volvió dulce

La última vez que la vi a ella no quise más. Ni pensar en ella, ni odiarla ni amarla; ni sentir que la amaba. Me puse contento por ella, porque está muy féliz (allá, lejos) y porque yo ya no la necesito. No necesito odiarla, ni sentir que estoy enamorado de ella.




'Aquele gosto amargo do teu corpo
Ficou na minha boca por mais tempo
De amargo então salgado ficou doce,
Assim que o teu cheiro forte e lento'
Daniel na Cova dos Leões
Legião Urbana